Ella. Lo maté, fue una locura pero lo hice. María está desesperada, recorre el monoambiente por cuarta vez mientras se golpea todo el contorno del cuerpo con las manos, desde la cabeza hasta los muslos, es curioso que quiera llorar pero no pueda. Era todo tan confuso: peleas, gritos, forcejeos y súbitamente paz; recuerdo muy bien lo que sucedió, tan involuntario pero con ganas certeras, y así, luego de cometer mi crimen, pero ¿qué crimen? Él destrozó mi corazón, y yo el suyo... la diferencia es que el mío siguió latiendo. Se la ve gritándole al espejo, tal vez piense que es otro o tal vez piense que es ella, en cualquiera de los dos casos podemos estar seguros que está equivocada. Tiemblo catalépticamente con sólo pensar que su dulce voz nunca más va a acariciar mi nuca, que sus labios no van a volver a rozar mi pelo o que sus ojos no me van a volver a encontrar; nunca, jamás. Se sienta en la cama baja, recién tendida, parece que piensa pero ya lo pensó todo, ya lo sabemos todo María, y sin embargo se te ilumina el rostro. Y como si nada, una duda me surge y empieza a escarbar adentro de mis manos, que se mueven convulsivamente por obra del nuevo sentimiento; una culpa completamente inequívoca me carcomía los sesos y hacía que saltaran nuevas ideas, tal vez un próximo asesinato. Se le veía en los ojos desde hace rato, quiere matar y adelante, es reincidente como todos, no tiene límites, juventud de porquería. ¿Para qué? Se pregunta la mitad de mi ser, mientras la otra no encontraba más respuesta que un llanto amargo, y así se desencadenó una lucha interna por el silencio del alma.
¡Pero si él me obligó, sí, fue él! ¿Por qué tuvo que haber dicho esas palabras que sacaron todo de mí? Terminé sintiendo tanto vacío, que sin poder evitarlo la culpabilidad me llenó. Era mi todo, fue mi todo, pero yo era fría como el hielo o más aún y no podía dejar que viera una lágrima mía. Mi orgullo predominaba sobre todo lo demás y justificaba mi acción de manera ilegítima.
Sólo me tranquilizaba el pensar que él había terminado todo con esas hirientes palabras minutos antes de que yo lo terminara.
Pasé por delante de un espejo y únicamente pude ver el reflejo del dolor, una cara pálida y miles de lágrimas que no me dejaban respirar libre. Casi como un flash de película vi a mi adorado, masacrado por mi enfermo amor recientemente lastimado. Él ya nunca más tendría la posibilidad de amar, y yo tampoco. A menos que...
De la nada brotó una vaga idea, que sacando tallo me mostraba que quizás él había recapacitado y podríamos volver a ser felices otra vez, como antes, como cuando nos queríamos. Entonces me ensombreció otra expectante idea, sólo había un lugar donde nos podríamos reunir. Sólo uno.
Mi duda acabó conmigo.
Él.
Me levanté y era una mañana como tantas otras, salvo que una nostalgia dulce me embriagaba. No paraba de preguntarme si había hecho bien al dejarla, y así las excusas tontas me sujetaban convenciéndome de que no la necesitaba, pero ¿así era? Mientras pensaba me iba acercando al baño, ducharme siempre me aclaraba.
Verla llorar y rogarme me lastimó profundamente, pero no le podía mentir, por respeto a nosotros, a que alguna vez había sentido algo por ella o eso había creído, no podía. Ya no la quería más, o eso me mentía. Es que Sandra tenía esa forma tan encantadora de inducirme a que la dejara. Insistía en que esa chica no era para mí, que nosotros estábamos hechos el uno para el otro. Entre caricias terminaba por convencerme de lo que ella quisiera, y ya saben que la carne es débil.
Así de fácil fue como un día me decidí y la dejé, y aunque ahora surgieran las dudas, para mí no había sido más que otra huella en mi vida. No había llegado a amarla, por consecuente, no podía sufrir. Para serme completamente honesto lo que esperaba era que ella me llamara y que se humillara por mí. Suena vil de mi parte, pero nadie me creía que estaba loca y lo merecía.
Salí del baño y mientras me cambiaba el teléfono sonó. Mi primera reacción fue sorprenderme, no podía pensar, terminé de vestirme a las apuradas y fui inmediatamente a su casa. En el camino me di cuenta que no entendía exactamente qué era lo que estaba pasando, no había tenido tiempo de razonarlo, me había tomado por completo desprevenido y un mal presentimiento culminó con mi nerviosismo.
Entré de un portazo, y la vi ahí tirada bañada en sangre. Ni la sonrisa en su cara ni la nota hicieron falta para que terminara por fin de comprender que mi mundo era la criatura que se encontraba tirada en el suelo, que lo había entendido en el único momento en que no podía decírselo, que no podría vivir de ahora en más sin ella. Volví a casa, desesperado rompí un espejo. De a poco fui sintiendo el dolor del vidrio penetrando en mis muñecas, cortando mi vida, cada vez sentía más sus brazos alrededor de mi cuello, dándome vida.
FDA